¿Has pensado alguna vez qué sería de nosotros si no tuviéramos memoria? Probablemente sí, especialmente si has tenido algún pariente de edad avanzada que sufriera Alzheimer o alguna demencia. Sin memoria todo nos parecería tan nuevo que no sabríamos hacer nada y seríamos seres vulnerables, indefensos. Sin memoria, no sabríamos qué es el miedo y pondríamos nuestra vida en peligro catorce veces cada día.
¿Y qué sería de nosotros si lo recordáramos todo? Probablemente nos pasaría como a Funes el “memorioso” -el protagonista del famoso cuento de Borges- y nos sería casi imposible dormir.
Recordar es necesario, olvidar a menudo es saludable. Por eso nuestro cerebro se especializa en recordar sólo aquello que es significativo para nosotros, habitualmente aquello que nos puede ser útil o que contiene una experiencia emocionalmente significativa. La memoria es un instrumento de supervivencia y a la vez una herramienta al servicio de nuestra evolución personal. Gracias a la memoria podemos ser conscientes de las experiencias vividas.
Ahora bien, la memoria viene normalmente acompañada de una interpretación. Así, podemos recordar experiencias que nos generan felicidad, bienestar; pero también recordar otras que nos llenan de rabia, frustración o tristeza. Una cosa es lo que pasa y otra muy diferente aquello que hacemos con lo que nos pasa, es decir, cómo lo interpretamos.
En necesario tenerlo muy presente: la manera como leemos nuestro pasado condiciona nuestro futuro. El pasado es fuente de experiencia; pero para muchas personas es una película trágica o de terror que les atrapa en su papel de víctima.
Cualquier lectura de una experiencia pasada es susceptible de muchas y varias interpretaciones. Las lecturas negativas, que limitan, buscan culpables y víctimas; las lecturas positivas, que liberan, son las que ven cualquier hecho como una oportunidad para aprender o ser más consciente de qué conviene mejorar y cuáles son nuestras creencias limitantes.
Para sanar el pasado cal resignificarlo, salir de la perspectiva mental que nos genera sufrimiento. Porque una cosa es el dolor, provocado por una pérdida, por ejemplo, o una expectativa no cumplida, y otra es el sufrimiento, que tiene su origen en la resistencia a aceptar lo que pasó (porque en realidad no pudo ser de otro modo).
Por lo tanto, lo más importante no es recordar QUÉ, sino CÓMO interpretamos lo ocurrido. Tanto da que ese hecho haya sucedido hace treinta años o esta mañana; de lo que se trata es de salir del patrón de víctima y ver la vida con responsabilidad. Sin asumir la responsabilidad sobre nuestro destino, nunca seremos libres. Por eso, Epicteto, un sabio que vivió como esclavo en Roma hace casi dos mil años, padre del estoicismo, decía: «No son las cosas las que nos perturban, sino las opiniones que tenemos sobre ellas.»