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Educar en responsabilidad

Educar en responsabilitat

Una de las tareas más complejas que tienen que lograr los padres es la de la educación de los hijos en la responsabilidad. La gran mayoría de los padres, por no decir todos, desean que sus hijos, cuando sean adultos, sean un ejemplo de responsabilidad: responsables de su salud, de sus finanzas, del trabajo que quieran ejercer, de la familia que formen, del planeta… Y todo esto sin que dejen de disfrutar de la libertad y de la dignidad que toda persona merece.

Pero a menudo, especialmente en la adolescencia, los jóvenes demuestran su disconformidad o rebeldía a las normas sociales y familiares impuestas, o simplemente expresan su vagancia para asumir las responsabilidades que les corresponden en el ámbito escolar o de la familia. ¡Cuántas discusiones se dan en muchas familias resultado de la lucha de los padres para que los hijos estudien más o colaboren en las tareas domésticas!

Ante esta ingente labor de educar en la responsabilidad, cada padre (a veces de manera consensuada y a veces de manera contrapuesta) asume un tipo de modelo educativo.

El modelo jerárquico, que impone para deber y obediencia, está basado en las normas incuestionables del sistema, que se basan en la inseguridad y el miedo. Este modelo instaura estas dos cosas, genera sumisión, anula el criterio propio, y solo una revolución violenta permitirá romper este patrón; revolución que el poder, por supuesto, intentará evitar mediante la represión, gritos y castigos. Metafóricamente este modelo implica vivir en un invernadero del que no puedo escapar.

El modelo anárquico, basado en la sobreprotección y la tolerancia extrema, puerta a la comodidad y a la frustración (ausencia de motivación interna) cuando las cosas no salen como me gustarían, porque considero que el bienestar es un derecho inalienable que se me tiene que dar desde fuera sin ningún esfuerzo por mi parte. En definitiva, aunque este modelo parezca defender la libertad a ultranza del individuo, acaba generando dependencia y aniquila la motivación interna. Esta actitud, a la larga, también genera confrontación: la del príncipe que no quiere ser destronado. Metafóricamente este modelo implica vivir en un jardín que cuidan los otros.

Ante esta dicotomía que ofrecen estos dos modelos polarizados, evidentemente, hay toda una gradación de posibilidades. Pero también existe otra posibilidad paralela: el modelo heterárquico, en el cual la responsabilidad queda repartida entre los componentes del sistema, ya no como una imposición externa, sino como el resultado de una experiencia vivida desde la dignidad y el respeto. Porque, en definitiva, el medio (familia, escuela, vida…) y las personas que me rodean siempre me devolverán aquello que siembre, como si fuera un espejo. La clave estriba en asumir que mi felicidad no depende de los demás, sino de cómo gestiono aquello que me pasa. Metafóricamente quiere decir: que vivo en el jardín que cuido.

La responsabilidad interna, no impuesta, implica tener la capacidad de tomar decisiones con criterio propio y asumir las consecuencias, y esto hay que fomentarlo paso a paso desde que los hijos son pequeños, para cuando lleguen a la adolescencia ya lo hayan aprendido.

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