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El poder de las creencias

Efecte Bannister

¿Conoces qué es el efecto Bannister? Es la idea que una creencia generalizada puede suponer un muro psicológico infranqueable para realizar algo; es decir, que no podemos realizar nada en lo cual no creemos.

Pero ¿quién era Bannister? Hasta el año 1954 no se creía posible correr la milla (1.609 m) en menos de cuatro minutos. El récord lo tenía un corredor sueco (Gunder Hägg) desde 1945, que lo hizo en poco más de este tiempo. Expertos en medicina habían publicado varios artículos en que afirmaban que bajar de los cuatro minutos era fisiológicamente imposible, con riesgo de morir si se intentaba. Esta creencia era verdaderamente un “MURO”.

Pero Roger Bannister, atleta y estudiante de medicina, se emperró en rebajar la marca mundial y, con ayuda de dos compañeros corredores, lo consiguió el día 6 de mayo de 1954 en Oxford. La proeza fue tan notoria que incluso se paralizó la actividad del Parlamento británico para celebrar esta gesta. Pero la cuestión más extraordinaria es que, una vez superar el muro psicológico de los cuatro minutos, al año siguiente lo consiguieron 37 atletas en diferentes lugares del mundo, después de décadas de intentos infructuosos.

Ciertamente, las creencias construyen nuestra identidad. El concepto de YO se sustenta en las creencias que tenemos de nosotros mismos: “Yo soy simpático, atrevido, feo, torpe, inteligente, un desastre…” Las creencias son los permisos que nos damos a nosotros mismos para actuar. Si creo que no puedo hacer tal o tal cosa, la motivación y mi disposición mental y energética caerán en picado. Pero si creo que algo es posible y que tengo las capacidades para conseguirlo, será mucho más fácil.

Las creencias tienen un poder increíble, especialmente las inconscientes, porque nos condicionan sin a menudo saberlo. Las creencias se construyen unas sobre otras, encima de los cimientos de las lealtades familiares y las expectativas que han proyectado en nosotros nuestros padres y personas de referencia. También por las experiencias vividas y los mecanismos de autoprotección que todos tenemos (miedos).

Podemos decir que a los siete años un niño o una niña ya tiene una base de creencias suficientemente sólida como para configurar y condicionar su personalidad, lo que creerá de sí mismo y de aquello que puede conseguir y de qué manera. Después, normalmente, las experiencias posteriores intentarán confirmar este conjunto de creencias.

Las creencias se construyen con palabras, las que hemos escuchado, las que nos decimos a nosotros mismos y las que decimos a nuestros hijos. Por lo tanto, ¡cuidemos las palabras! Tienen un poder mágico.

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