TÚ ofendes, YO reacciono

Nos sentimos ofendidos cuando una persona dice o actúa de una manera que nos hiere. Si no hay herida, no hay ofensa. Básicamente, hay tres caminos para gestionar los conflictos que tenemos con otras personas: el del niño frustrado, el del padre corrector y el del adulto asertivo. Según elijamos un camino u otro, las consecuencias serán muy diferentes.

La primera reacción es la más habitual. Surge de la rabia de sentirnos tratados injustamente. La conducta de la otra persona atenta contra nuestra dignidad y despierta en nosotros un sentimiento de frustración e ira. Si nos comemos esta frustración y no decimos nada, adoptamos el papel de niño herido, humillado y vulnerable; si reaccionamos impulsivamente, descargando dramáticamente en el otro nuestra ira, dolor o queja, asumimos el papel de niño rebelde y contestatario.

La segunda reacción aparece después de un proceso de racionalización: nos sentimos ofendidos, pero mantenemos las formas y no descargamos la rabia, sino que la transmutamos en aleccionamiento, advirtiendo al ofensor de su comportamiento inapropiado y lo corregimos, para que se dé cuenta de su error y actitud desconsiderada y ofensiva. Nosotros no caemos tan bajos como el ofensor y, manteniendo la cabeza altiva, enseñamos y exigimos las formas correctas.

En los casos antes descritos, excepto si callamos y tragamos la frustración, sacamos nuestro dedo acusador y lo apuntamos como una pistola hacia el otro, a quien consideramos culpable. A veces, combinamos magistralmente la pataleta y la corrección, para dejar al otro bien planchado pensando: «si queda tocado es porque se lo merece, por desconsiderado».

El tercer camino es el de la asertividad. Parte del saber que sin herida no hay ofensa. Es un punto de partida más maduro que los anteriores. Ya no reacciona desde el TÚ (lo que tú has hecho o dicho), sino desde el YO (lo que yo siento), reconociendo que existe un dolor interno generado por una necesidad que no ha sido respetada. Esta necesidad no atendida puede ser el respeto, la confianza, el trato justo, el amor, la aceptación… Incluso, si nos conocemos bien, podemos reconocer una especial sensibilidad interna a ciertas conductas de los demás, debida a experiencias del pasado que nos han provocado una herida de abandono, injusticia, humillación, rechazo o traición. Entonces, pasamos a gestionar la ofensa como un adulto asertivo: sin agresividad, con serenidad, podemos hablar de cómo nos sentimos y pasar a pedir al otro un tipo de conducta que no nos hiera. Ésta es una manera constructiva de hablar desde el adulto. Ojalá pudiéramos elegir también este camino cuando nos sentimos «maltratados» por los hijos o la pareja.

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