Buscando a papá y a mamá

La búsqueda de pareja responde a varias necesidades propias de nuestra condición de mamíferos evolucionados, como son la comunicación, el afecto y la sexualidad. La comunicación, que permite compartir experiencias de una manera consciente y participativa, es una necesidad de orden mental, fruto de la evolución de nuestro neocórtex. El afecto es una característica de los mamíferos; es una necesidad de orden emocional. La sexualidad es el impulso más antiguo y primitivo y tiene como función primaria la perpetuación de la especie, aunque el ser humano haya añadido otros motivaciones como el juego, el goce o el poder. Cuando la comunicación, el afecto y la sexualidad son insatisfactorios, la pareja también puede continuar la relación por necesidades logísticas o materiales, pero a menudo con tensiones y reproches.

Todas estas necesidades son vitales y sólo ciertos traumas pueden cortar su expresión. Frecuentemente, estas necesidades también pueden generar dependencia, cuando consideramos que solo una y exclusiva persona puede ayudar a satisfacerlas.

A pesar de que en el ser humano la mente ha hecho un salto cualitativo muy importante, las necesidades de orden emocional continúan teniendo una importancia capital en nuestras vidas. La seguridad, la autoestima y la pertenencia a la familia son fruto de las vivencias emocionales de la niñez. Las primeras personas que nos dan afecto son – y tendrían que ser– lo padres. Por eso, cualquier déficit (por ausencia o ignorancia) o excedente afectivo (por sobreprotección) procedentes de los padres dejará una impronta en el niño que arrastrará en su vida adulta.

En la relación de pareja a menudo buscamos la compensación de los déficits nutritivos emocionales que no recibimos de pequeños, o buscamos prorrogar la sobreprotección recibida. Cuando esto pasa, la relación no deviene un baile entre iguales, sino una danza donde uno pide y el otro se ve con la obligación de dar. El resultado es exigencia y, asimismo, frustración cuando nuestro niño pequeño interno, herido o consentido, no recibe las atenciones que reclama.

Nadie puede suplir lo que no recibimos de pequeños. Sólo con un acto de aceptación de lo que fue y con la conciencia plena de ser seres completos y autosuficientes podemos afrontar una relación de pareja con confianza y seguridad. Lo contrario sería como lanzarse a una piscina sin saber nadar, porque es evidente que en este caso necesitaremos a alguien que nos rescate o evite que nos ahoguemos.

Ser adulto es devenir autónomo, también emocionalmente. Hay que trabajarse y sanar las propias heridas para establecer una relación de pareja enriquecedora y con vínculos saludables. También hay que cuidar a nuestros pequeños, para que crezcan en un ambiente emocionalmente nutritivo y que facilite su proceso madurativo.

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