El otro día conducía bajo una lluvia de mil demonios mientras escuchaba uno de mis grupos de música preferidos. La canción decía: “Sin duda, el amor nos hace más libres”. Bien, no quiero cuestionar la letra de las canciones de este grupo que me gusta por su ritmo y positivismo, sino aprovechar esta frase para hacer una reflexión sobre el amor y la libertad.
En primer lugar, habría que diferenciar entre diferentes tipos de amor. Algunos son de tipo intelectual (filosofía), otras tienen que ver con cosas materiales (filatelia o bibliófilo), otros con las personas (filantropía), además de todo un abanico de diferentes sentimientos amorosos hacia los hijos, los padres, los amigos, el trabajo, etc.
Cuando nos enamoramos de alguien, se desencadena una tormenta de neurotransmisores y hormonas. Una de las primeras a hacer su trabajo es la dopamina, denominada la droga del amor, que tiene que ver con el placer y las recompensas (motivación para repetir conductas). La dopamina puede llegar a generar adicciones, de tal manera que cuando deja de correr por el sistema nervioso puede generar síndrome de abstinencia, tristeza y obsesión. A este neurotransmisor le acompañan otros, como la norepinefrina (provoca estados de excitación que pueden alterar el hambre y el sueño) o la feniletilamina (que intensifica las sensaciones).
Ahora bien, llegados aquí, habría que distinguir entre enamoramiento y amor. A veces el segundo es consecuencia del primero, pero no siempre. El amor conlleva el establecimiento de vínculos afectivos. Aquí la oxitocina y la serotonina juegan un papel clave. La primera aparece con el contacto físico; por ejemplo, en los adultos que crían niños y los estimula a que tengan cuidado de ellos; la segunda es la hormona de la felicidad y puede provocar también adicción, motivo por el cual hay quién necesita constantemente buscar nuevos amantes.
Bien, ante este cóctel químico que nos empuja a actuar de determinadas maneras e incluso genera dependencias (algunas muy necesarias, por cierto), ¿dónde está la libertad?
“¡Vaya -diréis-, qué manera de cargarse el romanticismo!”. No, no, el enamoramiento es algo perfecto. La naturaleza es muy sabia. De hecho, además de ser una experiencia maravillosa, es una estrategia natural para que la especie se reproduzca y tengamos cuidado de la familia. El problema surge cuando perdemos el sentido de la realidad y aparecen los “apegos” que precisamente destruyen la libertad propia y la del otro. Cuando desaparece el sentido de la dignidad, del respeto y de la autonomía, entonces es cuando el amor traspasa los límites de lo que es saludable.
Si alguna tuviera que provocar el amor, quizás tendría que ser más responsabilidad. Pero, claro, ¿quién querría escuchar una canción que dijera: “sin duda, el amor nos hace más responsables”? Probablemente muy pocos.